El implacable Capitan Sarmiento

Sus ojos, como dos uvas chinche, se clavaban en el horizonte y buscaban más allá esa tarde de pleno sol.
Podía ver a campo abierto lo que para él serían unas cuatro o cinco manzanas hasta llegar al primer árbol grande. Es así como aprendió a medir la distancia. Tuvo unas dos o tres horas para la planificación. Siempre dispuso de poco tiempo para todo; incluso para crecer.
Esperó a que los celadores tomaran su religiosa siesta después del almuerzo. De hecho él debería estar durmiendo también (o cuanto menos acostado hasta que ellos decidieran que el descanso era suficiente). Pero ¿qué más daba?; ya lo tenía decidido. Ya lo había hecho en el Agote (contra todas las probabilidades) ¿Por qué no hacerlo aquí también, habiendo adquirido la experiencia de aquella hazaña?
Tres días atrás les habían prometido que iban a ver televisión, lo que en esas épocas era todo un privilegio para una familia común en una casa cualquiera. Por tanto, para ellos era una especie de milagro.
La orden de los celadores de hacer silencio durante el almuerzo a cambio de aquel momento de esparcimiento había sido muy clara y contundente. Y, en efecto, no volaba una mosca por aquel inmenso lugar. Salvo por el negro morcilla (así le decían), quien cuchicheaba con su compañero de al lado e hizo que uno de los cuidadores se pusiera muy violento. El tipo no sabía de dónde provenía, pero condenó a todo el mundo a no gozar del privilegio antes prometido si no se descubría el culpable de tal desacato.

Había conocido al Negro Morcilla en el Agote (o el infierno, también podría decir). Era ése que le indicó cuál era la única manera de huir de ése lugar, pero que jamás se había animado por considerarlo muy peligroso. Se rumoreaba que era prácticamente imposible escapar de ahí; que solo se sabía de uno de apellido Villarino (toda una leyenda para entonces).
Lo practicó durante meses, y en todos los intentos parecía salir bien. Sólo debía decidir cuándo y ése momento fue exactamente el día en el que el celador comenzó a pasar de los golpes a los toqueteos. Ése fue su límite, y con tan solo 7 años, se convertiría en la segunda leyenda capaz de fugarse de uno de los institutos de menores mas infames de la historia del país.
Claro que la fuga no duró mucho, no dejaba de ser un niño pequeño. Y, como todo niño, sólo atinó a volver a su casa. A su corta edad sólo pensaba en volver con su mamá.
A las diez u once horas ya estaba de nuevo en el infierno. Recibiendo golpes y amenazas reiteradamente. Le pedían que explicara cómo había podido escabullirse de aquel lugar. Y, en un momento, dejó de sentir dolor físico pero ya no soportó la presión y ahí fue donde nombró a José Moreira (podría haber dicho también: Negro Morcilla). Desde allí… hubo que crecer de golpe y a los golpes.
En poco tiempo ya ostentaba fama de guapo y eso lo ayudaba mucho; sumado al respeto que se le tenía por haberse fugado con éxito aunque hubiese sido por unas horas. Fama que llevó consigo al San Martín y que luego lo apuntaló cuando se volvió a encontrar con su némesis en su destino final: El instituto de menores Capitán Sarmiento, o más conocido como: la Colonia Olivera. Ese lugar donde, en ese momento, la bronca y la impotencia de perder el privilegio de mirar aunque sea un rato de televisión lo hicieron decidir señalarlo una vez más, esta vez, delante de todos.
-¡Es Moreira!- Exclamó sin dudar, señalando al ya nombrado.
El celador se sacó el cinto, el cual jamás cumplió el propósito de sostener el pantalón; siempre era usado como arma. Y, violentamente, sacó al acusado del lugar junto con su interlocutor.

Esa tarde-noche no llegó a mirar la televisión por más que la tuviera en frente. Solo veía las caras de los demás internos alrededor. Algo se había roto. Su fama de líder indiscutido, de boxeador hábil, de aguantador, de temerario e inclusive su insignia de fugitivo, se veían opacadas por una sola condición: la de “buchón”. Y esa etiqueta es muy difícil de quitar en un lugar así. Por lo tanto, a la mañana siguiente hubo represalia.

Lo encontraron en la plaza y no alcanzó a darse cuenta, todo se volvió noche cuando, por la espalda le tiraron una campera encima. Los golpes fueron muchos y durante mucho tiempo. Y cuando todo terminó, otra vez se notó crecido.
Se paró como pudo y ya era otro. Tenía la misma edad, la misma altura, la misma contextura física de un niño… Pero había cambiado una vez más.
Quería vengarse de cada uno, pero ya era tarde e innecesario.
Tardó un par de días en recuperarse, a veces se mareaba un poco, pero se levantaba y en cada tarea que le mandaban hacer, iba estudiando alrededor, buscaba opciones, recovecos y lugares que le ayudaran en su nueva empresa: la segunda fuga.

Era viernes y en el almuerzo sabía que iba a tener que comer bien aunque no le gustara la comida y aunque le doliera hasta el pelo (eso iba a ser muy necesario). Se guardó un pan en el bolsillo y, poco a poco comenzó a perderse entre cada sombra que encontraba. Tenía claro que nadie se iba a dar cuenta hasta las 17hs, en la merienda. Era el momento.
Lo cierto era que ahí estaba. Con la mirada fija en el punto más lejano del norte. Le dolía todo. Inclusive ese enorme moretón en el costado derecho, bajo las costillas; que había sido propinado por uno de esos impiadosos cintos de los celadores, y que ya empezaba a tornarse verde. Pero lo que más le dolía era el orgullo y la vergüenza. Estaba solo, lejos de todo lo que él conocía y su único tesoro era su reputación dentro del instituto. Una reputación ya disuelta por completo, a causa de querer ver un rato de televisión.

El día de su llegada, el director le había dicho que no se iba a escapar de ahí por dos razones: que le iba a gustar estar ahí y que estaba lejos de absolutamente todo. Pero claro ¿qué iba a saber el director de que las almas libres no miden distancias?
Caminó al principio mirando de vez en cuando hacia atrás mientras el alambrado se hacía cada vez más grande y los edificios de aquel lugar se hacían más pequeños. Miró hacia atrás unas diez veces, pero no por nostalgia, sino por miedo a que alguien lo siguiera.
Llegó al alambrado y, en un solo movimiento, pasó por debajo de la segunda tira de alambre de púas.
Sintió un raspón en la espalda que lo hizo sacar pecho e hizo sentir que algunas gotas de sangre bajaban lentamente. Pero no se detuvo. Desde ahí comenzó a correr y, en unos instantes, ya estaba cruzando una ruta (la cual después se enteraría que era la ruta 5). Pero pensó que sobre aquel camino sería muy simple encontrarlo, por lo que siguió hacia adelante, a campo traviesa. Creía que si tomaba por algún lugar transitado podría ser presa fácil para sus perseguidores. Aún no eran las 17, pero todo podía pasar.
Era incierto hacia dónde iba, buscaba alguna pista para poder orientarse y en un momento, la tuvo. Claramente se escuchó algo que pudo reconocer y ¡sonaba realmente cerca! Era el silbato del tren. Y allá fue. Él había aminorado la marcha hacía un momento, pero eso lo motivó a comenzar a correr de nuevo. De repente estaba en una calle de tierra y, de izquierda a derecha, frente a él: la enorme locomotora diesel hacía su aparición. Venía lento, parecía que estaba frenando.
Miró hacia su derecha y al trote fue siguiendo aquella formación hasta llegar a una pequeña estación: La estación Olivera.
Pensó en subirse. Dos o tres veces lo tuvo en cuenta. Pero luego concluyó que, sobre el tren, sería muy simple encontrarlo. Por lo que al final, decidió quedarse escondido tras una ligustrina cercana.
Desde su parapeto pudo observar que llegaban corriendo dos hombres que miraban hacia todos lados. El tren ya arrancaba y, tras una breve discusión, subieron al último vagón. Él sonrió y se sintió tan seguro que se fue a parar al medio de la vía para ver cómo el tren se hacía un punto en el horizonte. Ya estaba libre de nuevo, pero había que ser cauto. Entonces, tomó la determinación de seguir hacia al Este (no sabía lo que era el Este… pero sí sabía que su destino estaba para “aquel lado”). Seguiría su camino a pie.
Venía repitiendo en voz baja -…Olivera, Jáuregui, Luján…- Eso escuchaba en la colonia cuando los mayores hablaban entre sí. Y recordaba el movimiento de sus manos como marcando puntos en el aire de un lado a otro. Tenía 7 años, pero ya no era un niño. Podía entender bien ciertas cosas.
Iba andando por la calle lindera a las vías y, cuando escuchaba un motor acercarse a lo lejos seguía su camino por el campo sin perder la dirección.
Si encontraba alguna casa, pedía agua (y hasta a veces ligaba algún bocadillo), agradecía amablemente y seguía su marcha.
Cruzó dos arroyos y llegó a Jáuregui. Le pareció haber hecho bastante rápido, por lo que decidió seguir hasta Luján sin saber qué distancia lo separaba de esa ciudad. Allí decidiría qué hacer.
En el arroyo siguiente se sentó con las piernas colgando del puente. Necesitaba descansar un poco y tratar de controlar esa sensación de paranoia que le oprimía el pecho y le calentaba las orejas. Probablemente todo fugitivo siente eso.
Tiró algunas piedras al agua hasta que vio que el sol empezaba a bajar al oeste. Era hora de seguir. Si lo sorprendía la noche, prefería que fuera en un lugar con más gente.
Al llegar al cuarto arroyo la urbe empezó a notarse delante de él y, más adelante, hacia su izquierda, pudo ver las dos puntas de la cúpula de la catedral. Estaba en Luján. Y pronto llegó a la estación.

Sutilmente fue aprovechando el atardecer para pasar desapercibido mientras observaba alrededor, esquivando uniformados o buscando caras conocidas de las cuales esconderse. O algún movimiento sospechoso que le hiciera pensar que lo estaban buscando.
Preguntó a una señora la manera de llegar a Caballito.
-Es para allá, pero vas a tener que hacer transbordo en Moreno- Dijo la dama marcando la dirección con un dedo. Sin embargo también hizo la pregunta de rigor al ver a un niño solo en la estación: -¿Tu mamá dónde está, hijo?-. Él no iba a responder a esa pregunta. Simplemente le agradeció la respuesta y rápidamente corrió hacia el andén de enfrente.
Ya era de noche cuando la luz de la locomotora empezó a verse a lo lejos.
Había estado llorando un buen rato pero disimulaba. No quería que nadie se acercase a preguntar el motivo del llanto. No le convenía.
Esperó pacientemente hasta escuchar el silbatazo del guarda y se colgó de la puerta del último vagón. Una vez más estaba en el Sarmiento. Pero esta vez… en el ferrocarril.

No tenía idea de cuántas estaciones debía pasar hasta moreno, y a su corta edad, tampoco sabía leer bien los carteles. Por lo que se detenía en cada una de ellas y, con la mano en el mentón, la descifraba de a poco. Luego estiraba el cuello, miraba hacia todos lados y cuando divisaba al guarda lo esperaba hasta que subiera. Una vez que lo veía distraído, de nuevo arriba.
Repitió el método unas dos o tres estaciones hasta que en una, a saltar a la escalera tomándose del barral cromado, sintió que chocaba contra algo que casi lo devuelve al andén. Era la prominente panza del guarda, el cual lo había visto hacer su truco un par de veces y ya no podía ser engañado. Por suerte lo tomó de un brazo a tiempo, evitando así una caída segura de la formación en marcha.
-¿De dónde venís, pibe?- le preguntó el uniformado con tono severo.
-De Luján, don, de la casa de mi tía- contestó sin titubear.
-¿Y para dónde vas?-
-A Caballito, con mi mamá- Dijo afinando la voz a modo de ruego.
El guarda era grande. Ya estaba grande según sí mismo. Y pudo notar “algo” en ese chico que hizo que sintiera la necesidad de apañar su aventura.
-Vas a tener que bajarte en Moreno ¿sabés contar?- le dijo sin perder la severidad.
-¡sí! ¡Hasta más de cien!- Aseveró el pequeño notablemente orgulloso.
-¡Perfecto! Con que sepas contar hasta catorce te va a alcanzar. Sentate ahí y cuando lleguemos a Moreno yo te aviso. Te bajas y te tomas el siguiente tren y de ahí vas a volver a estar solo. Contá las estaciones. La número catorce es la tuya. Ahí te bajas y te vas con tu mamá ¿Entendiste?- Le dijo.
Lo había visto unas tres veces esforzarse para descifrar el nombre de las estaciones frente a los carteles en el andén; así que pensó que contar le iba a ser más fácil. No tenía idea de lo que estaba haciendo, pero en ese momento pensó que hacía o correcto.
-¡Si, señor!- Dijo el niño haciendo un movimiento con los brazos como descargando su energía hacia abajo.
Cuando llegaron a la estación de Moreno el guarda cumplió con su parte y, tal como aquel hombre lo predijo, volvió a estar solo.

Los vagones de aquellos trenes eran de color marrón oscuro, y en la oscuridad de aquella noche parecían más bien negros.
Cuando llegó el esperado convoy, pudo notar algo que lo ayudaría mucho en su viaje: Un gran espacio separaba el primer escalón de la puerta de entrada al vagón, por lo que podría viajar sentado ahí todo el tiempo. Y así fue. Por suerte era una noche de verano y solo hubo que lidiar con los insectos y los constantes “zamarreos” que, de vez en cuando, le hacían cosquillear las piernas del susto.
Su manera de no perder la cuenta era apretar el dedo correspondiente al número en la palma de su mano. Cuando llegó al diez volvió a su mano derecha hasta llegar al cuarto dedo.
Bajó de un salto y fue directo al cartel. Logró leer “CAB…” y con eso fue suficiente ¡Estaba ahí! ¡De nuevo en casa! Ahora había que averiguar si eso sería bueno o malo. Miró alrededor, era muy tarde por la noche pero pudo confirmar que estaba en su lugar. Todo le resultaba conocido.

Llegó a estar a media cuadra de su casa, que estaba justo en una esquina pero pensó que no sería conveniente golpear la puerta y simplemente entrar. No sabía si no lo estarían esperando como le había pasado la primera vez. Entonces recordó una casa abandonada que se encontraba muy cerca de la suya; en la calle Martín de Ganzia, casi llegando a Gaona; justo frente a los talleres de los tranvías 99 y 86. Allí pasaría lo que quedaba de la noche.
Aprovechó su delgadez para entrar por una ventana y, lo primero que vio fueron cuatro ojos brillosos que lo esperaban atentos. Cuando pudo controlar el miedo logró ver que eran dos perros, los cuales parecían muy contentos de tener a un tercer compañero. Usó el pan que tuvo en el bolsillo durante todo el viaje y, de un momento para otro, los tres dormían tranquilamente sobre una caja de cartón.
Al salir el sol se encontró solo nuevamente. Uno de los perros ya no estaba y el otro se encontraba sentado en un patio interno de aquel lugar, como vigilando el sueño de su nuevo amigo.
Lo llamó y le hizo algunas caricias en las orejas mientras el perro por poco y pierde la cola de tanto moverla.
Salió de la casa por el mismo lugar. No tenía idea de la hora que era pero, al parecer no era muy tarde. Entonces decidió recorrer un poco el barrio.
Paso dos veces por la vereda de enfrente a la puerta de su casa. Quería cerciorarse de que nadie lo estuviese esperando. Y si así fuese, que ya se hubiese retirado.
Pasaron algunas horas y ya el hambre no se aguantaba más. Ahí fue donde se animó a golpear la vieja puerta de aquella casa donde vivía mucha gente además de su mamá, sus pequeños hermanitos y su tía. Los demás eran todos “postizos”: abuelo, abuela, tíos y primos; pero conformaban una gran familia.
Se sentían pasos cada vez más cerca hasta que al fin se abrió una hoja de la enorme puerta, cuyo chillido podía escucharse por cuadras. Y apareció el “tío Miguel” (quien era el más chico de los postizos). Vestía de tanguero como siempre; bohemio, con sombrero borsalino y un pucho en la boca. Parecía de treinta y pico, pero solo tenía diecisiete.
El tío Miguel era capaz de darte: título, autor, intérprete y la letra completa de un tango con sólo escuchar las primeras cuatro o cinco notas. Por supuesto que se lo quedaba cantando hasta el final.
Cuando vio al pequeño parado en el umbral no pudo evitar asombrarse.
-¡¿Qué hacés acá, Betito?!- Preguntó en tono gardeliano.
-Tengo hambre, tío- Dijo el niño sin dar más explicaciones.
El tío no necesitó indagar más y decidió darle de comer, hacer que se bañara, buscarle algo de ropa y permitirle dormir.
No supo bien cuánto tiempo durmió, pero cuando despertó parecía que habían sido días. Y ahí estaban todos. Entre ellos, su mamá; quien lloraba, pero él no podía distinguir si era un llanto de emoción, alegría, tristeza o algo más.
Él contó todas las peripecias vividas en este último tiempo, no faltó a ningún detalle. Pero sintió que no le creyeron del todo (y, un poco, así había sido). De todas maneras, ya estaba en casa de nuevo.
Estuvo tres días viviendo allí. Recuperando su cama, su casa y su barrio.
Su mamá tenía otra compañía que a él no le caía muy bien. En tres días lo había visto sólo algún minuto sobrio. Pero, al parecer, no era molesto.
La tarde de ese tercer día su alma de aventurero no pudo más. Le sacó algunas monedas a una tía que enseguida se dio cuenta y lo sacó corriendo. Él fue más rápido y, al llegar a la avenida San Martín, en marcha, se subió al trolebús 306 y hasta el obelisco no paró.

¡La calle Lavalle era tan hermosa! Él ya la conocía y por eso fue directo. Amaba los cines y ahí estaban todos juntos.
Se coló en dos. Tenía una habilidad única para escabullirse entre la gente y disfrutar de lo que a él más le apasionaba.
Cuando salió de la segunda sala se había relajado demasiado. No tuvo en cuenta el grave error que estaba cometiendo. Porque, convengamos, aún era un fugitivo. Caminaba plácidamente hacia lo que él pensaba sería la tercera película de una maratón que no sabía cuando terminaría.
Y terminó ahí…
Sintió que alguien lo tomaba de un brazo. Luego alguien más del otro. Lloró, gritó, pateó, se sacudió con todas sus fuerzas; pero vino un tercero y fue todo. Eran tres policías federales.
Lo llevaron a la comisaría primera. Nadie vino a rescatarlo.
Una vez que supieron quién era, simplemente lo pusieron sobre una camioneta y echaron a andar.
El viaje duró mucho tiempo. Pero en un momento, al mirar hacia la derecha, pudo ver de nuevo las dos puntas características de aquella catedral de lujan que tanta alegría le habían dado otrora. Ya sabía su destino.
Cuando lo bajaron del vehículo estaba de nuevo en ese patio del medio, frente a la casa de ingreso.
El implacable capitán Sarmiento lo había recapturado. Pero lo que no sabía aquel viejo instituto, era que no tenía al mismo jovencito que salió corriendo aquella tarde. Éste ya era otro. Había aprendido un montón de cosas. Y, por sobre todo, en su pecho, solo visible a aquellos entendidos en el tema, brillaba con un fulgor enceguecedor una nueva presea: la del pibe que logró escapar del medio de la nada y llegó a su casa.
Puede que lo tuvieran cautivo una vez más. Pero, aun hoy, no se ha inventado la jaula que logre encerrar a un alma libre. Y eso es lo que todavía, a sus sesenta y siete, sigue vivo dentro de él…

Autor: Ricardo Bustos

Foto: Enrique Aguilar (vía Roberto Silva)

Edición de foto: Ricardo Bustos

Este relato está basado en un pequeño momento real de la vida del Sr. Roberto Silva… a quien conocí por casualidad en el mundo virtual. Un rebelde sin causa… pero… sin dudas… en consecuencia.

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Alexitimia

No creo que haya día que no recuerde aquel despertar. Si alguien le hubiese dicho que podía pasar, le hubiese dado la razón, pero en realidad jamás lo vio venir.

Al principio fue muy incómodo, pero después de cierto tiempo ya se habían acostumbrado a dormir la siesta mientras él esperaba sentado con las piernas cruzadas, o bien juntando las plantas de sus pequeños pies, sobre el césped, en el patio, mirando fijo hacia la puerta balcón que comunicaba con la habitación. No quiso nunca acostarse a dormir un rato con ellos. Simplemente esperaba paciente ahí. De vez en cuando jugaba con el setter irlandés que José le había comprado días después de que llegó a casa. Pero nunca parecía muy interesado en el can como para generar la relación que esperaban. En realidad le costaba la empatía incluso con los animales (de hecho, todos los seres vivos del barrio han sufrido alguna vez su falta de esa cualidad).

Esa tarde era calurosa, húmeda, pegajosa. El viejo ventilador tipo “turbo” de plástico beige vibraba generando un característico ruido que se entremezclaba con los pájaros de alrededor y servía de ruido blanco para aplacar el del tránsito de la avenida del frente. A parte de eso todo era silencio, propio de una siesta estival en un pueblo donde nada pasa.
Pero aquello que podía ser y que, de alguna manera y en silencio todos sabían que iba a ser, al final… sucedió.
El estruendo fue tan grande que los despegó de la cama cual terremoto. José salió de su lugar de un salto y ella solo se quedó temblando abrazada a la almohada mientras miraba hacia el patio con los ojos desencajados.
Y ahí estaba, inmóvil, tirado en el piso y con una sonrisa extraña en el rostro, la escopeta estaba a unos metros hacia la derecha y, hacia la izquierda: una caudalosa catarata de agua.
De alguna manera, el pequeño Máximo se las había arreglado para entrar sigilosamente a la habitación, abrir el placar, sacar la escopeta de su nuevo padre adoptivo, cargarla y darle un certero disparo al termotanque beige que colgaba de la pared bajo un alero de chapa. Lógicamente, la potencia del arma hizo que se le escapara de las manos. Era un nene de solo 9 años, menudo y algo débil.
Ella tiene algunos destellos de lo que sucedió. Recuerda a su esposo abrazando al niño y preguntándole si estaba bien; recuerda que él se dio vuelta buscándola y la miró con una expresión desesperada, buscando un apoyo que jamás recibió. Estaba petrificada, no pudo moverse, quería ayudarlo, quiso salir de la cama, pero ni un solo músculo de su cuerpo respondió.

Luego de ese episodio hubo que hablar mucho, Máximo no parecía haber tomado dimensión de lo que había hecho ni tampoco mostraba remordimiento alguno.
Lo cierto es que ella nunca logró capitalizar esos momentos de sosiego en los que su hijo se acurrucaba en su falda recuperando un poco de esa niñez que se había escapado de su ser no se sabe cuándo.

Le habían dicho que iba a ser difícil criar a un chico ya más grande. Ella sabía que iba a ser así… o quizá no lo sabía tanto.
Pudo hacerlo ingresar en el colegio más caro de la ciudad (institución que nunca estuvo muy contenta de tenerlo en su seno) y hacía deportes en el club de elite. Según José, el deporte y la educación de calidad iban a ayudarlos a moldear a un hombre de bien. Pero en realidad, Maxi nunca se adaptaba a nada. Parecía hacerlo a propósito. Ella se negaba a culparlo, era un pequeño niño que necesitaba su ayuda, pero a veces creía que dentro de él se escondía el más oscuro de los monstruos.
Los golpes a sus novias ya en la adolescencia, las peleas callejeras, los problemas con los vecinos. No había nada que matizara todo ese derroche de antipatía constante. Era desgastante, pero a su vez tenía el compromiso de lograr insertar en la sociedad a este joven cuya procedencia desconocía pero que necesitaba adaptar a su entorno. Quería dejar en claro que ella y José podían hacerlo. La frustración era enorme y los días pasaban de a uno, como si fuesen un lento calvario de malas noticias constantes.
¿Cómo olvidar la agitación del barrio cuando lo encontraron utilizando el hueco superior del tanque cisterna del camión lechero de un vecino como inodoro? O la vez que, para la época de las fiestas, le lleno la jaula de los canarios a otro vecino con petardos.
Así era. Podría haber pasado como un chico revoltoso que no se cansaba nunca de hacer travesuras. Sin embargo se había transformado en el ser más despreciable del barrio (sino del pueblo entero). Pero, claro, las asistentes sociales lo veían vivir bien, estaba en una familia que podía darle absolutamente todo.

Ella no podía ser madre y siempre había vivido con la culpa de no poder haberle dado un hijo a su esposo aunque él le repitiese mil veces que no era necesario, que su amor por ella traspasaba cualquier barrera.

Piensa mucho y lamenta todo lo sucedido cada día de su vida, pero guarda algún que otro grato recuerdo de días felices, la dedicación de José y lo buen padre que demostró ser. Él siempre fue el que la mantuvo de pie, fue el protagonista de cada uno de esos momentos felices de su vida.
Aún hoy lucha por entender si fue buena idea la de adoptar a Máximo. Si podría haber disfrutado más a su esposo a solas que cargarlo con la responsabilidad de criar a alguien que no quería ser siquiera domesticado.

Sentada junto a la puerta balcón que da al patio, con media frente apoyada en el vidrio y las manos juntas en su regazo parece aún verlo. Tirado mientras el agua chorrea desde la pared donde se ubica el termotanque. Y esa sonrisa fría en su cara, llena de algo que aún no se puede explicar.
Si José no hubiese comprado esa motocicleta hace unos días, quizá no hubiese pasado. O quizás, en vez de un accidente de tránsito, podría haberlo matado un vecino, o podría haberse quitado la vida tratando de hacerle daño a alguien más. El destino tiene esas cosas.
Respira hondo, toma todo el aire que su pequeño y cansado cuerpo puede acaparar y lo larga lentamente.
Hace un rato la llamaron para notificarle del fallecimiento de Máximo en un accidente. José fue a reconocer el cuerpo y encargarse de los trámites, salió tranquilo. En silencio buscó su ropa y lentamente se cambió. Ya no hay necesidad de salir corriendo como tantas veces lo ha hecho. Se puso perfume (él nunca usa perfume) y solo dijo: -Vengo en un ratito, mi amor. Cualquier cosa me llamás -. Ella no puede hacer nada, esta petrificada como aquella vez. Siente cosas… bueno… no sabe bien.
No sabe qué sentimiento es más fuerte… si la angustia de haber perdido a su hijo o el alivio de haber recuperado la libertad que ella y su dedicado esposo perdieron al adoptarlo.

O tal vez… ya no puede sentir más nada.

Autor: Ricardo M. Bustos

Foto: Ricardo M. Bustos

LAPEYÜM

La brisa fría que bajaba de la sierra le acariciaba la espalda mientras caminaba por aquel pequeño sendero de ripio. Rodeado de cactus de largas espinas y piedras a las que miraba fijamente para ver si le servirían.

Aún apretaba en su mano aquel pequeño gorro. Pensar se le hacía torturador. No podía parar de hacerlo.

La había conocido en la plaza de siempre, donde tira su manta para vender las artesanías que con tanta habilidad, tanto talento y tanta tenacidad elabora mientras contempla las sierras.
Ella observaba atentamente cada uno de los artículos y se los probaba mientras él se comía la cabeza pensando en qué decir para entablar una conversación coherente.
Lo habían cautivado su cara angelical, su rasta rubia, su onda. Tenía absolutamente todo lo que él pensaba que debía tener la mujer ideal. Sólo faltaba tratar de no quedar como un idiota.

La conversación fue agradable, ella sonreía mucho y hacía que la mesilla detrás de ella pareciera iluminarse con cada sonrisa.

Quedaron en verse por la noche. No tenía perfume más que el de siempre, el que uno lleva naturalmente.
Frente a la plaza había un pequeño bar en el que periodicamente paraba y la había citado allí. Ella llegó puntual y comenzó el cortejo. Todo fue bien. Se sintió hábil. Las palabras que nunca pensó poder decir fluían de su boca como sale el agua de los manantiales allá arriba. Y a ella le encantaba, la veía cómoda, suspicaz, de firmes convicciones; entregada por completo a una conversación dinámica. Y, luego de un par de horas, ya había logrado el primer beso.
Entre cerveza y fernet, maní y charlas de macramé y piedras semipreciosas encontradas en largas caminatas, fluyó algo hermoso.

Terminaron compartiendo una flor mirando al cielo, al pie de la mesilla y la pasión los embargó.
Eran como imanes imposibles de separarse. Las estrellas los miraban de reojo mientras la luna en cuarto creciente iluminaba tenuemente la irrefrenable intensidad de dos seres entrelazados; sucumbiendo a aquél ímpetu juvenil que lleva a la inevitable entrega a lo natural.
Al final, el dulce de los cogollos coronó una noche tibia. Luego, cada cual se fue a dormir.

Se vieron recién algunos días después en la misma plaza y conversaron un largo rato. Todo parecía ir bien. El otoño estaba cerca y comenzaría el frio. Con eso, bajaría la temporada y ya no podrían verse en la plaza. Ella volvería a su lugar y él, probablemente seguiría su camino incierto de vida. Hacia otro lugar, a vivir nuevas aventuras entre ágatas e hilo encerado.

El último día fue distinto. Ella se veía gris. De lejos, mientras se acercaba, notó el cambio.
Cuando llegaron a estar frente a frente recibió la noticia.

Al principio no supo qué pensar. Miró hacia todos lados un momento. En milésimas de segundo (que para él fueron todo un día) pudo ver la gente que pasaba dejando una estela del color de la ropa que llevaba puesta. Observó a un niño que pateaba los anaranjados trozos de granza que cubrían los canteros. Más allá alguien tomaba un helado.
Volvió a la realidad y la miro, primero a los ojos, luego al vientre y después… la abrazó. Y sintió el frío más intenso que jamás había sentido. Pero no se detuvo en eso. Le pidió que lo esperara un segundo y salió corriendo.
Fue al puesto de Manuel, un gran amigo muy habilidoso en el arte de tejer; le dio la noticia y luego de un abrazo le pidió que le vendiera el gorrito coya más chiquito y abrigado que tuviera. Tenía que ser de lana de llama, que es lo mas abrigado que se conoce. Le dio uno hermoso, marrón clarito. Con pequeños dibujos que representaban al animal antes nombrado en blanco.
Por su mente lo veía correr entre las sierras. Le iba a comprar un chivito. Los chivitos son buena compañía para los niños, son juguetones y muy divertidos. Le iba a enseñar todo lo que sabía. Tendrían aventuras impensadas juntos. Estaba seguro de poder lograrlo, era un sueño cumplido.

Tenía dos nombres pensados desde siempre y los iba a sugerir: “Aliwe” (si era nena), que significa “amanecer” en mapuche. Y “Tahiel” (de ser varón), cuyo significado es “hombre libre”. Siempre le habían encantado esos nombres. Los había forjado en su mente mientras elaboraba en esas tardes bajo el sol de las serranías. Había que ver si la madre estaría de acuerdo.

Mientras Manuel insistía en regalarle el artículo, él la observaba a lo lejos. La notaba dispersa. Esperando impaciente. Entonces agradeció, tomó lo que iba a ser el primer regalo que le haría a su hijo y corrió a su encuentro.

Quiso acariciar ese vientre pero ella se lo impidió. Levantó la mirada con las cejas arqueadas y, sin decir nada, había preguntado: por qué.
-No va a nacer- Le dijo. –Yo no estoy lista para eso-.
El la miró, volvió su vista a la mitad del cuerpo de aquella mujer y ensayó una defensa hacia esa criatura que también era su hijo. Trató por todos los medios de convencerla de que sería un buen padre. Que jamás los abandonaría. Él no era así. Haría hasta lo imposible para verlos felices. Hasta llegó a rogarle que, de no querer hacerse ella responsable, se lo dejara a él. Serían compañeros de vida, llevaría a su descendencia con orgullo y mucha responsabilidad. Incluso le aseguró bajo juramento que ella no sería molestada jamás, no habría de reclamarle absolutamente nada. Podía continuar su vida como ella quisiera.

Inerte, fría, impasible, implacable y sin levantar la voz replicó:
-Este es mi cuerpo, no pienso pasar nueve meses a tu servicio ni al servicio de nadie. Fue algo que no debería haber pasado. Me voy a volver y ya tengo todo listo para hacerlo. Vos no te preocupes, yo me hago cargo de todo.-
Mientras la escuchaba no pudo evitar las lagrimas. Aunque ella le dijera que los hombres no lloran (Al parecer no sabía mucho de los verdaderos hombres).
Rogó una vez más y la vio partir.

No pudo hacer absolutamente nada. Ella tenía sus derechos y la decisión tomada. Él no sabía nada de leyes. No pudo abogar por aquel hijo que siempre había soñado tener y que ahora veía caminar hacia el cadalso, preso, cautivo; dentro de un vientre que no lo amaba en absoluto.
Simplemente juntó su manta, miró de reojos a Manuel que lo observaba confundido y se fue hacia las sierras.

Y ahí andaba.

Aún apretaba fuerte aquel pequeño gorro marrón, entre los cactus y las piedras.
La brisa fría del sendero le daba de lleno en la espalda.
El sol caía tras la mesilla y, frente a una gran roca, él… de rodillas… también cayó.
Tomó dos pequeñas piedras de distinto color y con una, sobre la roca frente a él escribió: “ALIWE”. Con la otra, debajo: “TAHIEL”. Puso el gorro al pie de aquel improvisado altar y cerró los ojos.

En ese instante el sol terminaba de caer al horizonte y, con él… la integridad de un hombre.

Autor: Ricardo M. Bustos

Foto: Ricardo M. Bustos

Contraste

Aún no había salido ninguna paloma de esas que hacen sus nidos en los recovecos de las molduras de ese viejo y gran edificio de tribunales. El frío todo lo retarda, incluso el despertar de los pájaros.

Siempre va caminando hacia el trabajo y siempre utiliza más o menos el mismo camino. Y mientras se iba acercando a la esquina de los tribunales, podía ver claramente la inscripción “Servicio Penitenciario Bonaerense” en la camioneta de doble cabina estacionada tapando la rampa para discapacitados. Eso siempre le molesta. Aunque sea un vehículo de emergencia.

Llegó a estar en la vereda de enfrente a la camioneta y tuvo que detenerse para dejar pasar algunos autos. Mientras esperaba, veía a dos hombres con uniformes “camuflados” en diferentes tonos de azul,  que bajaban, uno de cada brazo, a un reo. Esposado con las manos hacia adelante, pero con buen semblante. No llevaba la mirada pegada al piso como suele pasar sino  que, al salir del vehículo, lo notó mirando hacia todos lados, como llenándose la mirada del exterior.

Ya habían pasado los coches pero esperó un par de segundos más en los que pudo notar un gran bulto envuelto en una frazada que había quedado en la caja de aquella camioneta. Claro, cuando llevan a un preso a los tribunales, él mismo se encarga de llevar consigo todas sus pertenencias a donde vaya; ya que, si las dejara en el penal, al volver no encontraría nada. Y, para tal fin utiliza la manta como maleta improvisada.

Decidió cruzar la calle y pudo ver que el escoltado no llevaba cordones en las zapatillas. Ya les veía las espaldas a los tres hombres que entraban de manera relajada, conversando y haciéndose chistes, sin embargo, ninguno de esos guardias atinó nunca a soltar del brazo a aquel sujeto. Ese tipo ya estaba acostumbrado a vivir así.

Miró hacia adelante y le quedaba recorrer la cuadra de los tribunales. Movió sus manos dentro de sus bolsillos, esas que nunca en sus casi cuarenta años habían sentido el frío metal de las esposas y esperaban seguir así por siempre.

En el camino hizo suya cada baldosa que pisaba. Sacó una mano y tocó disimuladamente un árbol. Sintió lo rugoso de la corteza aunque el frió le entumecía los dedos, mientras de a poco, se iba acercando a la esquina de la plaza.

Un pequeño cafetín céntrico al final de esa cuadra lo hizo respirar hondo para disfrutar del aroma a buen café. Hubiera tenido la posibilidad de sentarse a tomar uno. Pero siguió caminando. Quería seguir sintiendo cosas que a los demás le parecían banales pero que, en ese momento había descubierto que no lo eran tanto. La brisa fría le daba de lleno en las mejillas. Brisa que se hizo más intensa al llegar a la plaza, por el hecho de estar más “descampada”. Y aunque no fuera parte de su camino, cruzó de vereda.

Paso a paso fue sintiéndose dueño del camino, de sus decisiones, de su vida. Entonces al llegar a encontrarse de frente con la catedral, se santiguó. Agradeciendo algo que no había notado hasta hacía dos cuadras atrás. Algo que, probablemente no fuese completo por pertenecer a un sistema que un poco te mantiene cautivo. Pero no había discusión. Él podía decidir, podía cambiar sus decisiones cuando le placiera y… podía también equivocarse. Nunca se sabe.

Mientras tanto, el hombre que había dejado atrás, quizá estaba por escuchar su sentencia definitiva. Esa que le ordenaría cuánto tiempo estaría sin tocar la corteza de un árbol, o pisar una vereda, o sentarse a tomar un buen café caliente.

Por eso fue que agradeció tener uno de los tesoros más valiosos que un hombre puede poseer:

La LIBERTAD.

 

                                                                                                         Autor: Ricardo M. Bustos

Fotomontaje y edición: Ricardo M. Bustos

Abatimiento

Su refugio es seguro, cálido, cómodo y acogedor. Cuando está ahí, se siente contenido; siente que nada puede hacerle daño. Pero lo cierto es que tiene que salir de el a diario. Debe enfrentar la gran tormenta. Se abriga bien y lleva su paraguas aunque ni el abrigo ni el paraguas le sirvan de mucho. Sin embargo sale estoico, lleno de esperanza; banca lo que venga y como venga así sea lluvia, viento, granizo, frío, rayos, relámpagos, nieve o lo que tenga que ser.
El viento le empaña los ojos, la lluvia siempre termina por empaparlo por completo; el granizo lo golpea fuerte, implacable; el frío lo congela, los rayos y relámpagos lo asustan y la nieve empeora siempre las cosas, porque se ve hermosa pero se sufre.
A veces parece aflojar y estar tranquilo, pero siempre alguna baldosa floja lo devuelve a su destino.
Camina luchando contra todo mientras piensa en su refugio, sabe que volverá, mas nunca sabe cómo. A veces un poco más, a veces un poco menos; pero siempre hay que curar heridas al regreso.
Cuando vuelve, esta mojado, abatido, temblando de frio y con algo de miedo.
Pero vuelve a sentir seguridad a la vuelta. Sabe que en el refugio va a estar todo bien de nuevo.
La tormenta se hace cada vez más cruda, cada vez más impiadosa. Mira por la ventana y no puede ver más allá de los límites del resguardo. No sabe cómo va a estar cuando deba volver a salir. Pero es lo que le ha tocado y tiene que hacerlo hasta que ya por fin salga el sol. Porque sabe que el sol ya va a salir, y cuando lo haga, el refugio será parte de algo más grande. Todo secará y se podrá construir un gran futuro de los restos de lo que yazga allá afuera.
Siempre dijo que era un tipo con suerte y su refugio acredita tal afirmación, pero a veces la suerte necesita cargar baterías y es donde el cielo empieza a grisear. Entonces hay que esperar. La tormenta limpiará todo alrededor, a excepción del refugio. Sabe que va a estar ahí. Si ya no estuviera: esa sería la verdadera catástrofe.

Autor: Ricardo M. Bustos

Foto: Ricardo M. Bustos

Orosia

Cuando uno es amigo, es curioso de la vida familiar del otro. Se generan conversaciones respecto de los abuelos, los tíos, y todos aquellos enlazados por un mismo linaje. Realmente podría estar horas indagando en esos intrincados laberintos parentales de la gente que me rodea.

Es muy común que mi interlocutor me cuente la parte que más le enorgullece de su familia obviando o pasando por alto aquellos parientes que no merecen la remembranza. Y resulta maravilloso escuchar toda una historia real que a veces tiene ciertas semejanzas con la mía propia.

En mi caso hay ciertos aspectos de mi genealogía que me resultan gratos de recordar. Como el hecho de tener 55 primos hermanos (cosa que he contado miles y miles de veces). Pero no es esa la parte que hoy se me viene a la mente. Sino la suerte que he tenido en conocer a mis cuatro abuelos y a cuatro de mis bisabuelos (los de mi ascendencia materna). Que en realidad debiera decir tres, pero de ahí viene la historia que les quiero contar.

Como ya dije antes, eran abuelos de mi mamá. Un par de ellos criollos, con distintas ascendencias entre las que se destacan la francesa, la española, la irlandesa y hasta la nativa de estas tierras. Paso a nombrar a dos de ellos ya que no serán, en esta oportunidad, los protagonistas del relato sino meros actores de reparto (con el mayor de los respetos): Don Martiniano Rodríguez, oriundo de estas tierras e hijo de criollos; alto, de tez morena, desgarbado y con un bigote que luego heredarían sus hijos varones (entre ellos mi abuelo).

Aún me parece escucharlo en el patio de casa exclamando ¡HOSTIAS! con un acento tal que te haría comprarlo por gallego en cualquier tienda. Y luego, la esposa de éste último: ´Ña Elsa Emilse Peyruc: Hija de un irlandés con una mujer originaria de nuestra tierra; Dueña de unos pequeños ojos, azules como el mismo océano que su padre hubo cruzado hasta las américas.

Pues bien, una vez cumplidos los honores para los anteriores vamos a la protagonista:

Nacida en Cáceres, Extremadura, España; bautizada bajo el nombre de Orosia Simona Mateo; naturalizada Argentina, madre de la tía Elena (que vivía en Salto), el tío Mario (que vivía en Giles y recuerdo mil veces haberlo ido a visitar al club “colegiales”, del cual estaba a cargo) y mi abuela Marta. Por consecuencia abuela de mi mamá… pero ante todo: mi abuela (bisabuela) Orosia. Una mujer que reducía a niveles microscópicos la famosa consigna del “woman power”. Ella podía sola y lo podía todo. Mientras tuve uso de razón la he visto ser mujer como ninguna mujer en el mundo. Ella era la abuela de mi mamá pero se había ganado también el título de abuela de mi papá, quien no sé si habrá querido a alguno de sus abuelos tanto como a ella. Puedo asegurar que hacía lo que ella le decía sin protestar y sin pedir nada a cambio.

Ella también hizo de niñera de mi hermana y mía durante un largo tiempo. No creo que haya millennial en este mundo que haya tenido el placer de almorzar comida española como lo hacíamos nosotros al llegar del colegio. Aunque mi temprana edad, a veces, no sabía apreciar ciertas cosas. No entendía por qué tenía que poner esa cucharadita de azúcar en el tuco, por ejemplo, o esa exorbitante cantidad del mismo producto sobre una tarta -¡El azúcar es para el té, abuela!- supe decirle ignorante de los artes culinarios.

Aunque se ha mudado muchas veces, el primer domicilio que le recuerdo es el de la 23 casi llegando a la 50. A metros de la unidad penitenciaria 5.

Era muy común que los sábados al mediodía fuéramos a almorzar a su casa. Era una pequeña casita algo baja, casi toda cubierta de cemento. Eso si: los atisbos de tierra que allí existían se adornaban con las mas hermosas flores que se hayan visto.

Sus canarios cantaban a toda hora en grandes jaulas que testimoniaban esa rara obsesión suya por la pintura plateada en aerosol. No sabía cómo hacerlo, pero todo lo que podía ser pintado, pues se pintaba de plateado: Puertas, ventanas, sillas, rejas, macetas, maceteros y… las jaulas de aquellas cautivas aves. Todo quedaba con sendos goteos plateados por todos lados.

En pleno verano nos preparaba a mi hermana y a mi sus enormes fuentones de chapa al sol, colmados de agua, los cuales después de la fruta que coronaba el almuerzo (o tiramisu si la encontrabamos inspirada ese día), nos hacían las veces de piscina y refrescaban lo que luego sería la silenciosa siesta colectiva obligada.

Todo olía a Heno de Pravia y al perfume frutal que provenía de esos jabones chatos y circulares, verdes, cuyo fuerte aroma a manzana podia quedarte en las manos por horas y que no he visto nunca mas en mis 37 años.

Era una mujer excepcional. Llena de vida, que se manejaba a pie por la ciudad a una velocidad que hacía difícil el seguirla. Que yo recuerde, siempre fue la viuda de Castro. Cosa que, al parecer no le pesaba; o cuanto menos lo había superado mucho antes de que yo notara algo al respecto.

Volviendo a sus mudanzas, recuerdo que han sido varias. Por lo menos mas de cuatro. Nosotros no hacíamos mas que seguirla donde fuera. Con ella iban sus recetas, sus fuentones, sus pájaros y… su aerosol de pintura plateada.

Cierta vez volvió a su antiguo barrio. Si bien no era la misma casa, estaba de nuevo a escasos metros de aquella que conté al principio y a pasos de la cárcel. Un barrio muy tranquilo al que parecia feliz de volver. Nosotros habíamos ayudado en la mudanza y nos preparábamos para disfrutar de las exquisiteces que le sacaba a aquella vieja y pesada cocina longvie de tres hornallas que tanto le había costado a mi papá bajar del flete.

Yo tenia unos 7 u 8 años y su casa prácticamente nos pertenecía a mi y a mi hermana por el tiempo que allí estuviésemos. No teniamos muchas prohibiciones ahi dentro. Por lo que me movía como pez en el agua por cualquier ambiente.

No recuerdo bien a que estaba jugando.

Ese día iba de aquí para alla cuando me encontré en su habitación, recién armada. Aún quedaban algunas cajas sobre la cama. Y en la mesa de luz pude ver una foto, en un pequeño portarretratos. Un hombre bien parecido posaba en blanco y negro. Parecia complaciente de ser retratado. Sombrero tipo fedora o tal vez homburg (no podría recordar nunca el tipo de ala); un bigote fino, del tipo americano, adornaba su joven cara en escala de grises.

Si bien no espero que el lector crea a rajatabla lo que pretendo comunicar. Ni tampoco conozco de forma alguna los intrincados secretos de la psicología humana; lo que voy a contar no falta en absoluto a la verdad:

-Mamá! – alcancé a decir.

Al instante no solo acudió mi madre si no que, con un movimiento casi de delantero de futbol disputando el balón, la abuela Orosia quedo delante de todos.

Con el dedo indice señalando la foto pregunté: -¿Quién es ése señor?-

-El abuelo Liborio- contestó mi mamá desde atrás.

-¡Yo lo conozco!- exclamé sin dudar.

La abuela se reía. Era imposible que yo lo conociera. No habíamos sido contemporaneos nunca.

Entonces me dispuse a contar la primer historia que yo recuerde haber relatado. Por supuesto: Un sueño.

Teniendo yo 5 años vivía con mis papás en Punta Alta, partido de Bahía Blanca.

Me encontraba, en ese sueño, sobre la terraza de la casa de unos vecinos a los que frecuentaba a falta de abuelos cercanos. Era una tarde diáfana, cargada de colores. Me rodeaban unos cuantos cajones de envases, de esos hechos de alambre, con sus botellas de vidrio; unas marrones, otras verdes o transparentes. Colgado de la baranda podia ver por sobre la copa de los árboles todo el pueblo y más allá aún. A mi lado, acodado a la misma baranda, en blanco y negro: ese hombre de nombre raro; el de la foto. Sin hacer contacto físico me sonreía mientras señalaba el horizonte al frente.

-Puede ser tuyo. Si vos querés, puede ser tuyo.- decía mientras sacudía su mano y seguía señalando.

-¿qué cosa?- pregunté.

-¡Eso! ¡Todo! ¡Absolutamente todo!- exclamó como si yo tuviera que estar sabiéndolo.

Cuando terminé de contar, simplemente hubo un silencio.

De ahí es que sostengo que conocí a los cuatro abuelos de mi mamá.

Ese mediodía la abuela Orosia estuvo algo callada pero jamas perdió el brillo característico de esos ojos escondidos tras grandes lentes de vidrio de tono verdoso. Ese brillo que no le pertenecia a nadie mas que a ella misma. Puesto que era un don. Y los dones no se prestan ni se regalan. Solo se poseen por derecho propio.

Autor: Ricardo Bustos

Foto: del baúl de los recuerdos de mamá Liliana.

De escombros y sueños

Los primeros rayos de sol del sábado ya alumbraban la calle cuando se sintió el temblor de la puerta del frente de casa. Causado por la vibración que genera el viejo motor diesel que mueve al camión volcador del corralón. De hecho, el conductor no necesitó bajarse a tocar. EL camión ya lo había hecho por él.

Salí al frente, saludé amablemente y le indiqué el lugar exacto donde quería que lo colocara.

Una montaña de escombros siempre molesta. No importa donde se la ubique.

Lentamente, la caja del vehículo comenzó a levantarse desde su extremo delantero y, poco a poco, fue depositando el material hasta culminar, dejando en mi vereda una imponente pila de 5 metros cúbicos de cascotes.

Yo estaba preparado, mas lejos estaba de estar listo.

Tenía una pala ancha algo corta para mi altura y una carretilla azul, casi nueva, que siempre había sido usada para transportar tierra y plantas para la huerta o el jardín. Estoy seguro que, de tener vida propia, esa carretilla habría pensado igual que yo. Unos guantes de hilo, de esos que tienen puntitos azules en las palmas, completaban el equipo.

Debía cargar la carretilla y transportar todo el material hacia el fondo de casa. Unos cuarenta metros que no eran lineales, e implicaban cruzar el pequeño recibidor, la mesa del comedor y la puerta del patio que esta a 20cm sobre el nivel del piso.

Los prejuicios son malos. Hubo algunos que no creían que yo, una rata de oficina, pudiera ayudar en algo en la obra que habíamos arrancado en nuestra vieja casa heredada de una tía.

Entonces ahí estaba. A punto de comenzar a sorprender una vez más a mis detractores y, de paso, ahorrarme unos buenos pesos.

Cuando arranqué a palear era solo escombro; Cascotes para hacer los cimientos y el contrapiso de la ampliación proyectada. Una y otra vez clavaba la pala y en un solo movimiento tiraba su contenido en la carretilla.

Ese tipo de trabajos suelen ser tan monótonos que uno se siente un robot haciendo exactamente lo mismo, sistemáticamente, una y otra vez. Así me sentía hasta que, de repente, algo brilló…

Me detuve un momento y revolví con el dedo índice un poco entre el material. Y, para mi sorpresa, emergió de entre los restos una llave. Estaba intacta así como el llavero de cuero que ostentaba una pequeña placa de bronce remachada a un trozo de cuero marrón. Lo único oxidado era el aro que unía la llave con su llavero, lo que me hizo admirar por un momento la nobleza del bronce y del cuero. En la pequeña placa podían leerse claramente los datos de una inmobiliaria de una ciudad lejana unos 60 o 70 kilómetros de mi ubicación.

Hice unos pasos hacia atrás con los ojos fijos en la llave mientras que, con un movimiento firme, clavé la pala en el suelo. Eso me recordó al instante las tres o cuatro semanas en las cuales no había llovido. El cimbronazo había sido duro en mi delgada muñeca (creo que también lo sentí en el codo y en el hombro). Levanté la mirada hacia la pila y, en ese instante, transmutó…

De repente, esa llave en mi mano cumplió una vez más con su propósito eterno e inalienable; Ese que se había repetido desde su fabricación: El de abrir… esta vez, mi cabeza.

Y ahí estaba. Era la misma pila de cascotes que estaba transportando lentamente hacia el patio. Pero automáticamente empecé a notar los detalles. Por la izquierda, un trozo de cerámico, hermoso, de muy buen gusto, daba la impresión de haber sido arrancado de un acogedor salón de estar. Lo notaba confortable, me imagine pisándolo descalzo, sólo con las medias puestas para aprovechar a hacer alguna resbalada al caminar. Más allá, una baldosa color café completa, de unos quince centímetros por lado, encima de un trozo de otra con rombos negros, me dibujó un patio con alero, de esos italianos que comunicaban las habitaciones de las antiguas casas coloniales.

Azulejos de baño, hierro, trozos de vidrios de colores. Todo formaba parte de algo que alguna vez tuvo forma. Algo que alguna vez fue una casa y que, probablemente, haya constituido un hogar.

Entonces, luego de explorar un poco más mi ahora mágica montaña, con aires de arqueólogo me dije: -¡Vaya que tenían buen gusto!-. Pero ¿Quiénes? Bueno, ahí fue donde caí que estaba ante los restos de lo que alguna vez fue el sueño de alguien. Y que, por alguna razón, una máquina lo había reducido a pequeños trozos.

Me escapé al momento en el que los que proyectaron esa casa fueron a elegir esos hermosos mosaicos que hoy eran solo piedras. Viaje al momento en el que, mansamente, los habitantes caminaban por el patio descalzos, disfrutando de lo hermoso que se veía ese piso. Pude ver las ventanas de vidrios repartidos de colores que adornaban de luz los ambientes. Sentí el sol acariciar mi cara a través de esos ventanales. Intuí los aromas de la cocina. Podía escuchar risas pícaras de niños jugando bajo la seguridad de un hogar que los abrigaba. Sentí el rechinar de la puerta de entrada hacia a tarde, y a alguien sentado a la sombra del alero, mate en mano.

Alguien había criado hijos ahí. Probablemente ése haya sido el propósito de esta pila de escombros cuando se erguía estoica en su forma edilicia. Es más, quizá hasta hayan logrado atornillar alguna placa de bronce a un lado de la puerta ¿Quién sabe?

Yo estaba en eso. Mi propósito en ese mismo momento era lograr construir un hogar. Había soñado toda mi vida con tenerlo. Estaba esperando ansioso el momento en el que nos encontráramos mi esposa y yo ante una buena cantidad de muestras para determinar cuál sería el piso donde nuestros hijos aprenderían a caminar. Añoraba encontrarme apoyado en el umbral de la puerta de sus habitaciones simplemente viéndolos dormir en un lugar propio. Y, por supuesto, no podía esperar verlos jugar en el patio.

A partir de ahí, cada palada era un misterio.

Así son los sueños: alguien los sueña, los comparte, los vislumbra y, si lo hace con la intensidad suficiente, pues los cumple.

En algún momento esa casa había cumplido su misión y debía dejarle el lugar a otros soñadores. Porque así es el ciclo de la vida. Ha habido en la historia grandes pintores que han pintado sus obras maestras sobre otras obras, tapándolas por completo. Y un poco así era esta historia: en algún lugar a 60 o 70 kilómetros había quedado un hueco, como un blanco tapiz, para que alguien proyectara su propia obra maestra y dibujara allí una nueva historia: La suya propia.

Mientras tanto yo empujaba en una carretilla los escombros de los sueños de alguien, que ya los había cumplido. Y que pasarían a ser parte de los cimientos de los míos.

Quizás esté siendo demasiado romántico delante de una simple montaña de cascotes. O quizás esté tratando de que ésta me deje algo más que un fuerte dolor de espalda.

También, quizás, las dos cosas estén sucediendo al mismo tiempo.

-¿Un mate?- Me dijo mi esposa sabiendo ya de mi viaje.

-Sí, gracias, amor.- contesté.

Y ambos nos quedamos contemplando aquella pila. Ella no necesitaba ninguna explicación. Ya me conoce bastante como para indagar.

Autor: Ricardo M. Bustos

Foto: Ricardo M. Bustos

Pequeño destello de vida

Hace un tiempo cambiaron los bancos de la plaza principal.

Sacaron los viejos ondulados, típicos, con finos listones de madera y los reemplazaron por unos con líneas más agresivas, simulando un art deco.

No sabía si le gustaban. Tampoco sabía si se había detenido unos minutos a probarlos o simplemente para hacer un alto en el camino a casa.

Eran cerca de las cuatro menos cuarto de la tarde y se encontraba ahí, en medio del banco, con los brazos extendidos a lo largo, apoyados sobre el borde del respaldo. Algo inclinado hacia atrás veía en perspectiva esa alta y descuidada cúpula de la catedral, que es cabecera de obispado, pero no la más importante de la zona.

Hacia fines de los ochenta, principios de los noventa (si es que se permite la obviedad), se sentía un transgresor. Rapado; con ropa de colores fuertes y vistosos. Con el mundo a sus pies sin saberlo.

Su calva, en ese momento no podía siquiera sugerir lo que es hoy esa cola de caballo que luce su cabeza a los 50.

Y estaba ella. Con la que decidió transgredir aun más y, muy joven (por lo menos para su gusto actual), se casó.

Hubo cura (aunque él fuese creyente pero no los quisiera mucho); hubo marcha nupcial, padrinos, fiesta y hasta niños que traían los anillos. Por supuesto, también hubo luna de miel.

Añoraba formar una familia, un matrimonio constituido. Y, al parecer, lo había cumplido.

Ella no parecía estar lista. En realidad nunca parecía estar lista para nada, ni siquiera la sintió lista cuando se pusieron de novios. Pero lo cierto era que la amaba y confiaba en que hacía un gran esfuerzo por complacerlo. Tenía mucha fe en ella. Y el recuerdo de la promesa que alguna vez le había hecho a su madre lo mantenía en foco: “Si él amaba debía dar todo de sí sin esperar nada a cambio, porque quien ama no espera nada de vuelta”.

Vivía con la idea de que el hombre no debe ayudar, sino que debe hacer. Ejercer el rol que le toca en el momento. Odiaba el sexismo y sus roles. Si había que planchar, no exigía a su mujer que lo hiciera sino que lo hacía él mismo. Ya bastante tenía ella con las demás cosas.

Volvía cansado del trabajo, las horas extras eran muchas, pero cuando alguien recién empieza vienen bien para que el impulso sea mayor. A fin de mes se notaba la diferencia y se daban varios gustos.

La vida trascurría entre el trabajo y la casa. Como ella no era muy avezada a la cocina y a él le gustaba mucho lo culinario, prefería hacer la cena cuando volvía del trabajo. Luego, cuando ella ya dormía, se quedaba en su sillón viendo algún programa interesante en el cable y tomado una lata de cerveza fría. Un ritual que se repetía día a día, salvo que lograra algunos mimos extra.

Eso, hasta que llegó el primer hijo.

Ahí las cosas se pusieron algo difíciles en cuanto a la organización, pero la llevaba bien. Se perdía en los ojos de su pequeño, era tan parecido a él que podía verse a sí mismo como en un espejo mientras lo miraba (aunque debía reconocer que el retoño era mas guapo que su orgulloso padre). Era un bebé tranquilo, aunque a veces debía levantarse por la noche y llevárselo a la mamá que no lo escuchaba llorar por hambre (Por cierto, se había dado cuenta de que ella lo escuchaba, pero simplemente esperaba en silencio, haciendo que dormía, a que fuera él a buscarlo y se lo trajera). Era lógico, no es fácil ser madre. Terminaba agotada durante el día. Allí estaría él siempre para dar una mano. No la sentía lista para ser madre, pero tenía confianza en ella. Apostaba que podía lograrlo con su ayuda. Al fin y al cabo un bebé se hace y se cría de a dos.

Había sido un embarazo bastante tranquilo. La trató como una reina durante los ocho meses y 18 días que duró ese embarazo, aún lo recordaba bien. Se había hecho cargo de todo, y estaba orgulloso de eso.

El sonido de las ruedas de una patineta lo distrajo un momento y volvió a enfocar esa iglesia de enfrente. La de ese Dios en el que él creía (con excepción de los curas). No era de los mas concurrentes a la parroquia, pero siempre había tenido fe. Se sentía un poco como un templo andante y silencioso desde el que siempre se elevaba una oración. Esperaba que ese Dios que, a su entender, había recibido más de lo que daba, tuviera en su seno a esa enorme mujer y excelente cocinera que siempre había estado ahí para aconsejarlo y ayudarlo en todo. Por supuesto, su madre. Se había ido demasiado rápido. No pretendía dramatizar –no es su estilo-, pero sentía a veces que necesitó darle mas abrazos y hacer un poco mas de caso a los consejos que a él le parecieron invasivos por aquellos días.

En los tiempos de padre primerizo había estado ahí, guiando a dos adolescentes que intentaban ser serios (por lo menos él), a criar a una pequeña criatura que dependía absolutamente de ellos dos. A veces pensaba que mamá era un poco exigente con su esposa, ella hacia un gran esfuerzo. No parecía muy preparada pero al parecer le ponía voluntad. Y ya con eso para él estaba bien. Confiaba en ella. Le tenía fe.

Su cabeza se había salteado algunos años y recordó la primera vez que escuchó el apodo que más le gustó llevar en su vida: “papá”. Aún podía recordar la dulce vocecita de ese hijo que hoy es ya un hombre y con el cual habían pasado tantas situaciones. Tanto con él como con su hermano nacido nueve años después. Le habían regalado incontables enseñanzas. Recordaba cuando aprendió por primera vez la frase “Síndrome de Alienación Parental”, SAP, por sus siglas. Cosa que lo había encontrado ya sin el apoyo de su mamá, pero por suerte era parte del pasado. Un pasado doloroso, que había dejado bastantes cicatrices, pero pasado al fin.

No sabía muy bien si había aprendido todo de esas lecciones que la vida le había dado. La relación con sus hijos hoy puede no ser la ideal, pero no puede negarse que lo intentó con todas sus fuerzas. Aún le queda amor propio y no dudará un segundo jamás en usarlo. Ya había entregado suficiente de sí y no daría más un paso atrás.

Un par de años después de la venida del primogénito, la relación marital empezó a tener algunos inconvenientes.

Se echaba la culpa a él mismo por esos tiempos ya que empezó a exigir un poco de vuelta. Creía que hacía muchos meritos para ser un buen esposo. A cambio recibía una casa desordenada, la obligación de hacer la cena abundante porque el almuerzo de su hijo había parecido no ser muy nutritivo y la extraña falta de necesidad sexual de su esposa. Y eso chocaba de frente contra sus principios antimachistas.

Ella había conseguido un trabajo que no era gran cosa. Y, como siempre, no la veía muy preparada, pero ya a esa altura pensó que el problema era él mismo. El que ama no espera nada a cambio, y él no estaba dispuesto a romper las aspiraciones de su compañera con opiniones negativas al respecto. Entonces era mejor callar.

Tampoco pensaba que le fuera infiel, de hecho no lo había sido en efecto en esos tiempos.

Pero empezaba a sentirse poco hombre. El menosprecio, el stress, las obligaciones y la vida anterior ya perdida por completo lo encontraron frente al espejo una vez con los ojos hundidos, un poco por el excesivo cansancio y otro poco por el llanto de impotencia.

Aún, si viajaba un poco con el pensamiento hacia ese momento podía volver a experimentar los mismos sentimientos, las mismas sensaciones a flor de piel. No quería recordar, pero a veces se le hacía necesario.

Y calló una vez más. Pretendió que todo estaba bien. Había hablado de la crisis sexual con algunos amigos y se había sentido un poco incomodo, humillado. Por lo que decidió ya no tocar el tema y dejar que las cosas fluyeran. Por supuesto que también lo habló con ella (mil veces lo habrá hablado). Siempre le pedía perdón y le explicaba que el cansancio y que el momento “tirante” de la relación hacía que no tuviera deseos, sumado a la amargura que iba in crescendo en él y que la repelía.

Él lo había intentado, y en uno de esos intentos, vino el segundo hijo. Nueve años después.

No lo tomó como un castigo jamás ni como una maldición del destino, aunque ella lo hubiese insinuado unas cuantas veces, quizás por no estar lista… una vez más.

Y, de nuevo se parecía mucho a él. Se sentía orgulloso de tener genes tan fuertes aunque no estaba seguro de si eso fuese beneficioso o no para su descendencia. Allí, frente a su nuevo hijo se sentía hombre una vez más. Con todas las letras.

Como había pasado siempre, se hizo cargo de todo. Y sentía que ella se descansaba en él como siempre lo había sentido pero ahora con total impunidad, como dándolo por sentado. El no era machista y estaba totalmente en contra del sexismo. Por lo que jamás diría una palabra al respecto ni se quejaría de su situación. Había sido también su decisión y debía respetarla.

Si antes había habido crisis sexual, ahora ya era insostenible. Los roces al respecto eran duros, violentos, llenos de frustración.

Él quiso refugiase en el trabajo, pero ella trabajaba en el mismo lugar y sentía que debía ayudarla a avanzar. Después de todo la amaba y le debía la magia de ser padre.

A partir de ahí, todo se desarrolló demasiado rápido. Tiene recuerdos fugaces de todo lo sucedido: que el juzgado, que la perimetral, que la alienación, que los abogados, la casa, la cuota… Y el “otro”. También las pastillas. Esas que lo mantuvieron bastante blindado ante tanta munición pesada.

De repente se encontró solo y culpable de todo. Buscando asilo en lo del viejo, que no sabía mucho de dar consejos pero que fue la mejor compañía. Mates con monosílabos que entre ellos eran todo un idioma ayudaron a alivianar un poco el yunque que le oprimía el pecho hasta dejarlo a veces sin respiración.

En ese momento, el que no estaba preparado era él. Por primera vez desde que la conocía, la sintió muy lista, muy decidida, como pez en el agua. Eso extrañamente lo hizo sentir un poco orgulloso y un poco decepcionado. Pero no dejaba de lamentar no haber podido predecir nada de lo que sucedió. Las señales habían sido miles y miles, y él había creído, había tenido fe. No había confiado en su instinto. Nunca la había sentido lista para nada, pero quizá tampoco él había estado listo para nada y ese fue el problema.

Nadie podría decirle que no había tenido fe, tanto en ella como en el de enfrente. Ese que, por fin le tiraba una soga.

Las cosas marchaban mejor, había conocido a otra mujer, quien parecía haber aprendido mucho de la vida y nadie podía discutirle sus aptitudes. Sentía que por fin, al levantarse de ese banco se dirigiría hacia su hogar. Y hasta había promesas de tener una excelente noche, como la de ayer. Tomaría una lata de cerveza frente al televisor pero esta vez habría compañía.

El pibe del skate pasó una vez más demasiado cerca y lo devolvió de nuevo a la actualidad. Entonces decidió pararse, sacudirse un poco los recuerdos, respiró hondo y el aire de la ciudad le regaló una bocanada fresca. Al expirar se sintió liviano y dio el primer paso para emprender la vuelta.

A veces la vida se hace larga. Pero suele ser corta. Tan corta que puede pasar mientras estas sentado en el banco de una plaza, una tarde cualquiera, tipo cuatro menos cuarto.

Autor: Ricardo M. Bustos

Foto: Ricardo M. Bustos

Bienvenidos a mis relatos

He creado este blog para aquellos quienes me han sugerido volcar mis escritos en un libro o en este medio.

Para comenzar me presento: Mi nombre es Ricardo Bustos y soy escritor aficionado desde que tengo memoria. Nunca había dado crédito a tal cosa hasta que comencé a escribir en facebook. Me negué siempre a solo limitarme a cargar fotos con citas extravagantes (no soy un tipo muy apuesto para estar haciéndolo), por lo que siempre me interesó dejar algún mensaje útil o simplemente entretener a mis lectores con alguna anécdota sobre mi vida. Comúnmente lo hacía los viernes, mi día favorito de la semana.

De a poco fui notando que mis contactos me leían mucho y comentaban mis publicaciones con frases como “deberías escribir un libro”. Y, sinceramente no me creía capaz de tal empresa. Mas todo tiene un comienzo y aquí estoy para empezar.

Me va a costar un poco al principio familiarizarme a este medio, pero creo que es la mejor manera de compartir aquello que mis contactos de facebook y todas las personas dispuestas a leer mis historias estaban buscando.

Sin mas que decir, simplemente saludo a todos aquellos que quieran pasar a leer en este que espero sea un espacio para conocernos y compartir hermosos momentos.

Saludos cordiales.

Ricardo M. Bustos